El valor de los afectos Había tal revuelo esa noche de tormenta en casa. Corríamos por todos lados poniendo ollas y baldes para cubrir las goteras de un techo, al que no se le habían hecho los arreglos correspondientes en mucho tiempo. Estas goteras aparecían como por arte de magia. No dábamos a basto. Un verdadero caos. Desde las primeras horas de la tarde que llovía sin parar. Alcanzamos a levantar algún objeto del piso cuando de pronto la cara de asombro de mi hermanita me advirtió del agua que avanzaba desde la puerta invadiendo nuestra casa. Por más que intenté poner toallas, manteles en las ranuras, el agua seguía entrando sin poder pararla. Todo se volvió loco en ese momento. Las pantuflas, como barcos a la deriva, flotaban sin rumbo. La botella de la gaseosa, de la cual un rato antes habíamos estado tomando, en vaivén desafiantes golpeaba lo encontraba a su paso. En pocos minutos las baldosas y los zócalos habían desaparecido. Hubo un momento en que me di cuenta que solo el ru...