El valor de los afectos

El valor de los afectos

Había tal revuelo esa noche de tormenta en casa. Corríamos por todos lados poniendo ollas y baldes para cubrir las goteras de un techo, al que no se le habían hecho los arreglos correspondientes en mucho tiempo. Estas goteras aparecían como por arte de magia. No dábamos a basto. Un verdadero caos. Desde las primeras horas de la tarde que llovía sin parar.
Alcanzamos a levantar algún objeto del piso cuando de pronto la cara de asombro de mi hermanita me advirtió del agua que avanzaba desde la puerta invadiendo nuestra casa. Por más que intenté poner toallas, manteles en las ranuras, el agua seguía entrando sin poder pararla.
Todo se volvió loco en ese momento. Las pantuflas, como barcos a la deriva, flotaban sin rumbo. La botella de la gaseosa, de la cual un rato antes habíamos estado tomando, en vaivén desafiantes golpeaba lo encontraba a su paso. En pocos minutos las baldosas y los zócalos habían desaparecido.
Hubo un momento en que me di cuenta que solo el ruido amenazante de la lluvia rompía el silencio de la casa, mientras los ojos saltones de mi hermana me miraban fijo desde arriba de la mesa en la que se había trepado en esta loca carrera por la supervivencia.
Con 7 y 10 años nos mordimos la angustia como si tácitamente hubiéramos acordado contenernos con las miradas.
Desde arriba de la mesada de la cocina, yo solo veía el panorama desolador que iba cambiando su forma, minutoa a minuto. No sabía qué hacer.
Lo que, si sabía, en realidad lo que si sabíamos los dos, era que de ninguna manera debíamos llamar a nuestra madre que se encontraba en el piso superior. Ese piso que estaba prohibido subir mientras ella estuviera con fiebre. No había muchas escapatorias. Abajo amenazas y arriba … también.
Me dio una ternura infinita ver a mi hermana resistiendo con valentía. ¡Tan desamparada y tan madura! Esto me llevó a decidir saltar hasta la mesa para estar con ella. Sentía una imperiosa necesidad de protegerla.
- Yo puedo- me dije - Soy el hombre de la casa - en realidad, lo era desde hace unos años en que mi padre decidió abandonarnos.
De un salto seguro, alcancé la mesa y al llegar abracé con fuerza a mi niña. Ella soltó el llanto en casi silencio, y cuando pudo decir algunas palabras balbuceó
- Lloro porque los calcetines rojos que me regaló mamá para mi cumple están ahora mojados y con barro- estirándo su brazo para señalarlos.
Y así abrazados, quedamos hasta que el agua comenzó a bajar en la madrugada, dejando una alfombra de barro en la que resaltaba el rojo de las medias de mi hermana.
Sonia Fabiola Demitrópulos -11-7-2020
Cosquín-Córdoba-Argentina https://web.facebook.com/legacy/notes/2885205034921490/

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