EL DIA QUE CAMBIÓ LA HISTORIA - COSCO-INA -LA EMPODERADA


El día que cambiÓ la historia
Cosco-Ina - La empoderada

No puedo y no quiero seguir reproduciendo como loro historias contadas. La locura se instaló en mí llevándome a jugar con ellas. A reescribir hechos desde otra mirada y hacer uso de esta licencia que permiten las letras, que nos llevan a danzar en territorio de ensueños en los que se entremezclan las ficciones en el relato.
Y es por esto, que me inicio en este ejercicio, desde una leyenda que me invitó a este vuelco estrafalario. Una que cobró vida y me pidió a grito que la analizara, que estuviera atenta a los mensajes, inclusive los que entre líneas se esconden, aquellos que no se escriben, pero dejan su huella grabada.
Hoy una queda bajo mi lupa particular, nada objetiva e influenciada por los cambios y los derechos adquiridos por la mujer en estas últimas etapas.
¿Por qué lo hago? Para que circule otra historia. Contada quizás, desde el empoderamiento del género. Para que quede una voz que no fue escuchada.

Leyenda de Camin Cosquín y Cosco-Ina (Versión original)
Esta versión da cuenta de un hecho acontecido en las primeras décadas del 1500 en el valle comprendido entre el Río Yuspe y el Cerro Supaj Ñuñú, hoy Pan de Azúcar; en el que se encontraba un asentamiento indígena de Comechingones, comandado por su Camin (jefe), viviendo en paz y armonía.
Al llegar los conquistadores españoles a este valle, sometieron al pueblo a abusos, malos tratos y explotación y al ser éste un pueblo pacífico, acostumbrado a la labranza, no logró oponer resistencia.
La belleza de Cosco-Ina, mujer del cacique, provocó el asedio del oficial español a cargo del grupo, por lo que su marido lo enfrenta y lo mata, debiendo huir por la Quebrada de los Leones. Al llegar a la cima del Cerro Supaj Ñuñú, al verse acorralado y en desventaja se arroja al vacío, para no caer prisionero. 
Cosco-Ina al notar el sobrevuelo de jotes en el cerro decide encaminarse hacia allí y comprueba lo temido. Puede ver en el fondo de la quebrada el cuerpo sin vida.  Abatida y sin consuelo decide morir junto a su amado. Y abriendo los brazos como intentando un planeo, salta para ir al encuentro de su amor perdido.
Dicen que, en lo alto, dos cóndores se elevaron hasta perderse en la inmensidad celeste de ese diáfano cielo. Desde entonces, al llegar la primavera, a orillas del arroyo que corre al pie del majestuoso Supaj Ñuñú, las acacias rojas se cubren con sus racimos granates, como si fueran gotas de sangre, que se derramaron en aras del amor, la libertad y la fidelidad.

Hasta aquí, la antigua leyenda de Camin y Cosco-Ina. El fuerte mensaje de libertad o muerte, o amor y sacrificio impreso en sus letras no me dejan satisfecha. Quizás porque la mirada con la que hoy la analizo ha cambiado.
En este momento histórico, pienso que Cosco-Ina, no hubiera permitido ese desenlace. Con un temperamento aguerrido, como me la imagino, no se habría suicidado. Ni lanzado al vacío detrás de un hombre, por más amado que fuera. Habría puesto en duda ese “suicidio” que lo dejó manchado, quedando como aquel que huyó ante la adversidad o como aquel que decide quitarse la vida, sin pensar en su pueblo y en su mujer a merced de bárbaros como botín de venganza.  No me creo esta versión.
Por lo visto esta historia, no fue contada ni por un hombre originario ni por una mujer empoderada. El papel asignado a los protagonistas no los favorece. 
Si bien el texto presenta una mujer “bella”, “astuta”, “osada”, “leal“ y “etérea”, que vuela en el espacio y no cae como una bolsa de huesos, no da cuenta del rol de Cosco-Ina en la comunidad, aparte de ser la bella mujer del cacique. Si era aceptada, respetada, seguida o cual era su relación con el grupo. Y es por esto, que me permito pensar una leyenda diferente. Narrada por esa mujer protagonista, que toma la palabra y se hace escuchar a pesar que ya han pasado muchos años.
Por esto creo que así quedaría la leyenda modificada:

Leyenda de Cosco-Ina - la empoderada
En el valle bordeado por el Rio Yuspe y el Cerro Supaj Ñuñú (hoy Cerro Pan de Azúcar), de las Sierras Cordobesas (Argentina), bendecidos por el paisaje y el clima nos encontrábamos asentados como comunidad un pueblo de Comechingones, con nuestro Camin (Jefe) que nos comandaba
Corrían las primeras décadas del 1500, cuando llegaron los españoles a estas tierras. Los recibimos con asombro, cierto temor y un poco de curiosidad por ser barbados igual que nuestros hombres.
Éramos un pueblo extremadamente pacífico. Ellos, por el contrario, bravíos, avasallantes y dominantes. Acostumbrados a tomar lo quisieran. Eran una masa de energía imponente.  Se la sentía a la distancia.  
Ese día, se sintió el cambio en el aire. Los pájaros callaron. La tierra hablo temblando bajo el galope de los caballos. Jamás nos preparamos para lo que vino. Jamás pensamos tanto espanto.
Sin miramientos ni presentaciones se posicionaron del lugar. Nosotros, sin poder y sin palabras, fuimos acallados y aplastados, aunque la sangre bullía de impotencia y rabia.
No nos superaban en número; si en bravura, en experiencia y en maldad.
Recuerdo que pensé que, si había mujeres en el grupo, no deberían ser tan malos. Pero no fue así. O eran de la misma calaña o estaban doblegadas.
En ese sometimiento tuve que soportar las insinuaciones cada vez más osadas del oficial a cargo, quien me buscaba o mandaba a buscar para tenerme a su lado.  La reacción de Camin no se hizo esperar y lo enfrentó en una lucha en la que venció y lo mató, provocando la furia del resto de soldados, que lo persiguieron por las sierras hasta encerrarlo en la cima del Supaj Nuñú.
Dicen que decidió lanzarse al vacío para evitar caer prisionero. En dudas pongo esas palabras. Era nuestro Camin. Jamás él se pondría por sobre su pueblo y su amada.
Decidí salir en su búsqueda siguiendo la ruta trazada por unos jotes que volaban en círculo y con el corazón estrujado al llegar a la cima, comprobé que al fondo del precipicio se hallaba el cuerpo de mi amado. 
Una rabia inconmensurable se apoderó de mí, una fuerza indescriptible me domino y me obligó a calmar mi corazón y dejar que la razón tomara el mando. Tuve que guardarme mi duelo para pensar estrategias que me permitiera vengarlo y liberarnos.
A los días regresé. Supongo que mi aspecto de locura hizo que me dejaran tranquila, deambulando entre los grupos.  Y así pude esconderme entre pastizales y observarlos entrenarse. Ver como usaban sus armas, acercarme a los caballos y lograr que comieran de mi mano.
Era la loca perdida para los españoles y era la loca perdida para los míos.
Aprovechando esta locura comencé a reunirme con mujeres rabiosas que habían perdidos a sus maridos, comencé a reunirme con mujeres sometidas por estos bárbaros y en la complicidad del silencio de la noche, fuimos complotándonos y entrenándonos para enfrentarlos.
Una noche de penumbras, nos hicimos de sus armas. Con antorchas quemamos el campamento. A los gritos, blandiendo sables y montados a sus caballos, los expulsamos al otro lado del rio, recuperando la vera que se extiende hasta la falda de la sierra.
Desde ese día los que sobrevivieron comentaron de aquella mujer embravecida, a la que le salía fuego de los ojos, que luchaba poseída al frente de demonios. Fui La Mandinga, comandante de hombres y mujeres que llevaban la fuerza de sus muertos y las ansias de libertad y esperanza. Desde ese día nos respetaron y por muchos años no pudieron doblegarnos. ¡Los tuvimos a raya del otro lado del río!  Recuperamos parte del territorio e instalamos este nombre (La Mandinga) como legado de resistencia, ingenio y coraje.

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