Pascuamos?
¿Pascuamos este año?
No me importaba que la salida fuera a la iglesia, porque después de las ceremonias, había juegos y la posibilidad de un heladito o alguna golosina. Por eso sin renegar, nos sometíamos al ritual del baño diario y a todos los preparativos que implicaba la salida. Como por ejemplo, el elegir la mejor "ropa de salir", cuidadosamente guardadas para grandes ocasiones. Ir a la iglesia estaba dentro de ellas. Otro, era el peinado que debía acompañar la prolijidad y pulcritud de la vestimenta, esto representaba ojos achinados por la tirantez del cabello recogido, indispensable para que no escape ningún mechón rebelde! Cero posibilidad de desaliño o descuido. Éramos niñas y debíamos lucir perfectas. No solo hay que ser sino también parecer, se nos repetía hasta el cansancio, para que grabemos a fuego que las niñas debíamos mantener las formas. Y por último los ilustradísimos zapatitos guillerminas y los zoquetes con puntillas.
Recuerdo que la iglesia lucía sus mejores galas, al igual que sus feligreses. Nosotros, los niños chicos y no tan chicos, acompañábamos en respetuoso silencio todo el recorrido a la par de los adultos, o nos quedábamos quietecitos , quietecitos, en algún banco de la iglesia. En esas ocasiones, me entretenía dejando saltar mi imaginación entre imágenes, mantos, vitrales, cirios, luminarias y sin querer, alguna característica de las vestimentas o forma de rezar de algún presente. Digo sin querer porque temía ofender a Dios, en su casa. Sabía que él estaba en todos lados incluso en mi mente, por lo que apenas me percataba de esta reprobable acción trataba de cancelarla inmediatamente, para volver al tejido de historias en el que ocupaba mi tiempo de espera. En otras, me sumaba al grupo repitiendo, compenetrada del espíritu de penitencia, los rezos que correspondiera. Ni por casualidad, como niños, se nos hubiera cruzado la mas mínima idea, de generar algún berrinche o planteo de estar cansados o aburridos por las largas horas de ceremonias o por la quietud y silencio que debíamos mantener durante las distintas etapas. Calladitos junto a nuestros padres hasta el fnal. Final que a veces se prolongaba, sin exagerar, cerca de tres horas.
Cuando por fin el sacerdote decía "pueden ir en paz", cerrando de esta manera la vigilia pascual, todos los familiares y amigos nos encontrábamos en la puerta de la iglesia. Los niños aprovechábamos esos minutos para jugar con otros niños. Una vez que lográbamos estar todos, nos dirigíamos a una casa previamente elegida para pascuar. Allí nos esperaban las mesas servidas con comidas especiales y bebidas que cada familia aportaba. Solíamos llegar cerca de la medianoche, así que teníamos que esperar unos minutos que anunciaran la llegada del domingo de Ramos para saludarnos y dar inicio a la comilona y festejo de la resurrección de Jesús.
Con el paso del tiempo y con la partida de los mayores, este "pascuar" fue perdiendo el carácter religioso para algunos integrantes de la familia, aunque sigue convocándonos. La Pascua sigue representando encuentro familiar. Todavía se espera y recibe con alegría a los que se trasladan desde lejos para compartir la mesa en estas fechas. Todavía se respeta el horario de inicio de la cena, las cero del domingo, a pesar que el sábado de Gloria junto a la Vigilia pascual va perdiendo significación para las generaciones más jóvenes .

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