En una fría mañana de otoño, con la temperatura tibia de la noche aún en su cuerpo envuelto en coqueto salto de cama, mira desde la ventana la vida pasar. Contempla, con la calma que los años le han brindado, el ritmo de los autos que la invitan a salir y a sumarse; la luz del sol que ilumina las plantas resaltando distintas tonalidades otoñales; sus perros dormitando sobre las hojas secas en el tenue calorcito que ese ambiente les prodiga y el rítmico baile de las hojas hacia el suelo. Y sin querer, o queriendo, la verdad no sé; se trepó en una de ellas y se dejó llevar, siguiendo la cadencia del viento en un delicioso movimiento que la acunaba y retenía confortablemente. Poco a poco los sonidos se transformaban en dulce melodía arrulladora. Chiquita, inocente, indefensa se acurrucó en ese nido que había encontrado. Volvió a saborear cálidas sensaciones olvidadas. El golpe de las palmas de las manos en la puerta de entrada la trajo de regreso. Se despabiló y acomodó el cabello frente a ese espejo que tantos años la había acompañado y devuelto con honestidad su imagen adaptándose al paso del tiempo. Pintó sus labios de color claro, miró con ternura sus ojos calmos y esbozó una sonrisa satisfecha que mantuvo hasta llegar a la puerta que no llegó abrir. La encontraron acurrucada y con una sonrisa de bienestar como si estuviera recibiendo una caricia maternal. 31/05/17

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